Si guardara de cada día un momento infinito y eterno en una caja de cristal, el más triste sería el de tu sonrisa pícara seduciéndome hasta tus labios, el de tardes hipotecadas en los rincones de aquellos parques en que las cortezas de sus árboles silbaban al viento las palabras que te entregué de mí. El rubor de mis mejillas y tus ojos, siempre soñadores haciendo creer al mundo que existe la libertad. La libertad de los cuerpos más allá de la carne, de los sentimientos más allá de un te quiero, me enseñaste a creer en la libertad y en la revolución dentro de un mismo ser.
Otro momento para guardar son los brotes de debilidad, esos momentos en los que levemente, demuestras al mundo que también tienes esa extraña sensación de sentirte parte de algo. Tu hipocondría ante el dolor, el no estar seguro de querer o saber algo, los eternos abrazos en los que, mientras me acaricias con las manos te estrechas fuertemente cada vez más a mí dejando imposible el paso de nada entre nosotros, cierras los ojos e inspiras fuertemente mi olor, embriagándote hasta la saciedad de algo que tan libre como impredecible, sabes que hoy está y de después no se sabe nada más y por ello, bebemos hasta emborracharnos de ese parón en el camino. Ese momento sería un digno contrincante a la tristeza.
Y por eso me gusta, por que cada vez que me miras estiramos hasta el límite, por que cada sonrisa es siempre como una última, por que sé que tan rápido como llegaste a mi vida te marcharás, dejando libre un trozo de este camino que comenzamos a escribir juntos.
Sé perfectamente que son recuerdos felices y desearía preservarlos como tal, pero tan bien lo se como tan bien me conozco, los recuerdos tristes no son más que sombras de felicidades pasadas. No se cuando sentiré de nuevo la inspiración para escribir y quizás, solo quizás esta sea nuestra última oportunidad para proclamar esto. Por eso el tiempo se ríe de nosotros, y yo quiero adelantarme a él. Ser más veloz que el destino o que una mirada fugaz. Y por ello guardo estos recuerdos en la cajita que me regalaste en aquel sueño, y por esto también escribo ahora mismo, para recordarnos qué si al abrirla entristecemos y lloramos ahogándonos en la melancolía de aquello que no volverá a ser, recordarnos que no lloramos de pena, lloramos de libertad, de la libertad que juntos tuvimos para ser felices.
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